sábado, 9 de enero de 2021

Muebles Arcade de Sega. The Best of!

 

Verano de finales de los 80, Xátiva (Valencia). En medio de una infinidad de luces y sonidos estridentes, un mar de gente se abarrota entre los innumerables puestos y paradas de la gran y centenaria feria de la ciudad. Mis padres, mi hermano pequeño y yo vamos caminando entre la muchedumbre acalorada, dejándonos llevar por aquella masa de gente empeñada en pasar por dónde casi no se puede. Hay en verdad mucha gente. No obstante, es una feria importante y son muchas las personas de distintos lugares las que acuden año tras año al fastuoso evento que pone a Xàtiva, histórica ciudad de gran legado, en el centro de atención de los focos. Los mil y un colores que tiñen los cientos de tenderetes que se alinean a un lado y a otro de la calle, arremeten con fuerza hacia el respetable al ritmo de los grandes éxitos de Camela o de la rumba catalana.

 


Aunque más inolvidables son, cómo no, el “mezclote” de inconfundibles fragancias que emanan del lugar: el dulzón aroma del azúcar de las nubes de algodón y de las manzanas de caramelo, la penetrante fritanga de los puestos de hamburguesas, perritos calientes y patatas fritas rebosantes de kétchup, el inconfundible y arrebatador aroma de los gofres con chocolate, el intenso tufo a “cuero” de los puestos de bolsos y carteras… todo debidamente acompañado por el alborozo general reinante repleto de zumbidos y sonidos electrónicos de las atracciones, firmemente capitaneados por la incasable cháchara de la tómbola de turno. ¡La tómbola! ¡La tómbola siempre toca, señores! Miren que Chochona. ¡Una Chochona para el caballero! Aunque no era precisamente la “Chochona” que uno buscaba, al menos no te ibas con las manos vacías, como casi siempre pasaba cuando te plantabas ante el puesto de tiro con rifle de aire comprimido, que tras varios intentos, no podías sino corroborar que aquello estaba más trucado que la Derbi GPR del quinqui de turno; eso, o el punto de mira del rifle tenía más desvíos que la N-340. O quién sabe, tal vez todo junto... Ya lo dijo nuestro buen Homer Simpson, la ley del feriante… ¡es parte del encanto de la feria!

 


                Pues bien, tras un rato caminando en medio de toda aquella masificación de olores, colores, sonidos y humanidad que forman parte inseparable de la feria, llegamos al centro mismo del evento. Fue justo entonces cuando algo llamó poderosamente mi atención: un nutrido grupo de chavales y niños revoloteando como afanadas abejas en un panal ante unos oscuros bultos envueltos en un misterioso resplandor luminoso y atrayentes cacofonías electrónicas. La inesperada y curiosa concentración de gente joven sobre aquella sugerente masificación de extraños aparatos, significaba que allí estaba pasando algo, y pese a mi corta edad (unos siete añitos), algo me gritaba a toda voz que me acercara. Arrastré literalmente a mis padres hacia aquel lugar, y justo entonces experimenté uno de los momentos que más fascinó a los que vivimos aquella época (lo siento por los que no han tenido la suerte de vivir aquel impacto): vi por primera vez máquinas recreativas.

 


                Hay veces que las palabras escritas no tienen la capacidad de poder describir las sensaciones que un ser humano puede llegar a experimentar, y esta fue sin duda una de aquellas veces (supongo que al igual que muchos de vosotros). Las oleadas de emoción, estupefacción, asombro e incredulidad que llegaron tras la contemplación de aquellas máquinas rodeadas de gente que jugaba, otros que miraban sin perder detalle y otros tantos más gritando y señalando asombrados con el dedo las pantallas, han sido difícilmente igualadas a lo largo de mi vida. Todo, absolutamente todo era asombroso y nunca visto por mí. A finales de los ochenta y/o principios de los noventa, asimilar de una tacada y con apenas seis o sietes añitos de edad, el concepto de lo que era una máquina recreativa aún resultaba ser, y por mucho, un impacto totalmente imposible de olvidar. La visión de aquellos muebles de formas únicas y a la vez tan características, sus chillonas decoraciones y alocados diseños, sus joysticks y botones de tacto incomparable coronados, cómo no, por una gran pantalla en la que correteaban y cobraban vida coloridos y vistosos gráficos pixelados, dejó tan profunda huella en mí, que aún a día de hoy lo recuerdo y un torrente de agradables sensaciones picotea por mis venas. Básicamente y como comúnmente se expresaba en aquellos años, flipé literalmente en colores. Durante unos instantes me pareció que sólo estaban aquellas máquinas y yo. Nada ni nadie de cuanto había podía captar mi atención con tanta intensidad como aquellos aparatos.

 


                Y en plena ola de aquel fascinante descubrimiento, fui recorriendo una a una con la mirada y con ansias devoradoras las asombrosas máquinas recreativas allí plantadas y expuestas en medio de la concurrida feria. Si hasta ese momento no había hecho más que alucinar y quedarme asombrado como un conejo cuando le tiras las largas, se me hace muy difícil expresar lo que sucedió a continuación. Si la contemplación de aquellos muebles arcade, llamémoslos genéricos, me sumergió en el vórtice de un viaje en el tiempo hacia el futuro sin levantar los pies del suelo, los nuevos esquemas que acababan de tomar forma en mi mente infantil se vieron brutalmente destrozados cuando mis ojos se posaron en ella. Como el estallido de un volcán en medio de un devastador incendio que ya está acabando con todo, una nueva conmoción de mayores proporciones todavía me golpeó de nuevo, y esta vez el golpe llegó hasta lo más profundo de lo más profundo. Quedé atónito, en blanco, completamente absorbido por aquella creación que mi mente no era capaz si quiera de concebir ni aun viéndola con mis propios ojos: era un mueble o cabina de formas estiradas, con unos patinetes alargados sin ruedas similares a esquís y que servían a su vez de patas de sustentación de la propia máquina, que albergaba en su sugerente e inclinado diseño un impresionante asiento de agresivas formas, reposapiés elevados, un luminoso monitor de generosas proporciones coronado por varios relojes con información fija (suficiente era con verlos allí plantificados) y unos controles que me hicieron estallar la cabeza por completo, pues contaba con una impresionante palanca de aviación, con gatillos de disparo y todo, junto a otra más, colocada a menor altura y de forma horizontal al lado izquierdo a modo de regulador de velocidad, que me gritaban insistentemente con voz inexistente, como en el capítulo en que Homer (se nota que no estoy simpsonizado) compra la ambulancia: ¡Pruébame! ¡Pruébame! ¡Pruébame! Solo me faltaba ver que aquel compendio técnico se movía y daba sacudidas a un lado y a otro para acabar de llegar al máximo nivel posible de locura. Pero, ¿a quién se le había podido ocurrir tamaña genialidad? 


 

                Una especie de locura interna, como una espesa niebla que se expande sin control en plena noche cerrada, me invadió con fiereza. Si creía haberlo visto todo ya, el colofón final, el culmen a aquel estado flotante de Nirvana por la electrónica llegó cuando, inclinando un poco la cabeza, pude ver finalmente qué se movía en pantalla; entonces sí que el tiempo se detuvo. Sí, era el agridulce Thunder Blade de Sega en su versión Deluxe, pero yo en aquellos momentos no sabía qué estaba viendo. Aquello era… ¡no sabía lo que era! Sólo recuerdo que me quedé completamente inmóvil, observando con la boca abierta aquel helicóptero azul disparando misiles a diestro y siniestro y ametrallando a todo lo que se ponía por delante mientras esquivaba el fuego enemigo entre los enormes edificios que pasaban veloces a ambos lados del aparato con una fluidez y rapidez espantosas, allí en directo en medio de toda aquella muchedumbre vociferante, ¡directamente era como pedir un sitio al lado mismo de Dios! La impresionante y depurada técnica de escalado de sprites, que Sega dominaba con maestría, acabó por dejarme fuera de juego. Aquello era pura magia. No tenía ni idea de cómo funcionaba ni cómo podía hacerlo, sólo sabía que sentía la imperiosisísima necesidad de subirme en aquel cacharro. Tenía que subir. O subía, o me moría. Quiero subir. Quiero subir. Quiero subir. Quiero subir. Quiero subir. Quiero subir. Quiero subir. Quiero subir. Ya os podéis hacer una idea de lo que puede dar de sí la exigencia/insistencia de un niño cuando ve algo que desea con todas sus ansias, aunque no sepa que es. Mi sorprendido padre, al ver la inusitada y loca insistencia en mí desatada (como la mayoría de aquellos padres, no es que fuera muy partidario de los malvados videojuegos), no tuvo más remedio que echar una moneda en la máquina. O eso, o de allí no nos marchábamos sin haberme producido un trauma. Me cogió en brazos y me sentó sobre la máquina, y menos de 30 segundos después ya me estaba bajando al tiempo que un enorme Game Over bailaba con sorna en la pantalla. Ala, ¿ya está el niño contento? Espetó mirando la máquina sin saber qué cara poner. Ni caso le hice. Habían sido los pocos segundos más intensos e impresionantes que había experimentado nunca. De fondo lo oí mascullar por la manera tan tonta de cascar el dinero, pero en aquellos instantes me resbalaba absolutamente todo. ¡Había estado pilotando el Trueno Azul, el helicóptero de una de mis series favoritas! ¡Lo había hecho de verdad! Por un muy corto espacio de tiempo me había sentido el amo del puñetero mundo a los mandos de aquella máquina que respondía a mis órdenes, aferrado como un poseído a la palanca de vuelo. Además, ¿cómo no tenía que haber durado tan poco? ¡Si es que físicamente no llegaba a las dos palancas de vuelo ni a los reposapiés! Pero me daba completamente igual, pues aquel mueble de Sega, la Sega que se coronó por méritos propios como una de las grandes reinas arcade, me brindó unos pocos pero gloriosos segundos que habían sido lo más increíblemente alucinante que nunca había vivido. Grabado a fuego perdurará en mis recuerdos por toda mi vida.

 



 

                Tras esta emotiva introducción rememorando uno de los momentos más fascinantes vividos en mi infancia, podemos pasar a recordar las recreativas con mueble dedicado más inolvidables y famosas de una de las compañías más grandes en el mundo de las arcade. No están, ni de lejos, todas las que se comercializaron, pero sí las que más calado tuvieron entre los aficionados. Indicar que no vamos a profundizar en datos técnicos y demás información pormenorizada de cada mueble (necesitaríamos de páginas cual enciclopedia y no es este el cometido de esta entrada, aunque servidor se enrolle de lo lindo escribiendo). Simplemente realizaremos un pequeño viaje en el tiempo, comentando brevemente las genialidades que Sega fue concibiendo para nuestro goce y fascinación en una época en que lo digital daba sus primeros pasos interactuando con lo analógico (de ahí gran parte de esa magia que nos volvía locos). Porque, que levante la mano aquel que viviera la época dorada de los recreativos y no quedara asombrado ante cualquier unidad de los diversos e impresionantes muebles que Sega fue distribuyendo por el ancho mundo. Y si alguien ha tenido la osadía de levantarla, que sepas que sabemos que mientes. Nadie en aquellos años, nadie, aficionado o no a los videojuegos, podía quedar impasible ante uno de los mayores espectáculos extrasensoriales a los que la gente de a pie podía acceder a cambio de unas pocas monedas.

Start your engines!

 

Turbo (1981)

Impresionante forma de dar comienzo con el tema de los muebles dedicados a un videojuego. Un juego de gráficos rompedores (recordad que fue en el 81) y de una velocidad de scroll más que pasmosa, incluso a día de hoy. Toda una declaración de intenciones para una compañía que buscaba su sitio en los recreativos. ¿Os imagináis encontraros con esto a principios de los ochenta, cuando lo más avanzado que había en las casas era una tele en blanco y negro sin mando a distancia y un teléfono que precisaba de la clásica ruedecita para marcar la llamada? Simplemente acojonante.

 




Hang On (1985) – Super Hang On (1987)

Damos un salto de cuatro años para encontrarnos con la primera obra magna del talentoso Yu Suzuki, que no tuvo otro pensamiento que plantar una reproducción a escala de una moto con la que interactuar con el videojuego. La primera versión ya fue todo un éxito y un fenómeno de masas y, aunque puede que conserve un halo más mítico por eso de ser la primera, es indudable que Super Hang On, lanzada dos años después, es superior en todo al primer lanzamiento. No sólo cambiaba la moto a la que nos subíamos físicamente, el incremento del contenido y las mejoras gráficas, sonoras y jugables lo hacen estar muy por encima del Hang On original. Ay, la de tardes que pasamos rememorándolo con la versión doméstica de la Mega Drive… En Arcade Vintage contamos con una unidad standard del Hang On y también la flamante Limited Edition del Super Hang On. Gassssssss!

 






 

Space Harrier (1985)

Este shooter on rails (podríamos llamarlo así), en el cual encarnábamos a un fornido personaje con un jet-pack a la espalda, significó otro peldaño más en la escalada de Sega hacia el estrellato. Su conseguida fluidez, su mítica bso principal, la movilidad del personaje por toda la pantalla y la cantidad de disparos a realizar sobre los más fantasiosos monstruos que nos salían al encuentro, venían de perlas al mueble con movimiento que le aplicó Sega. Uno de los clásicos.



 

 

Enduro Racer (1986)

Si en Hang On plantaron una moto deportiva ante la recreativa, en Enduro Racer hicieron lo mismo, pero cambiando a un modelo de cross. Pero no contentos con el cambio, añadieron una jugosa novedad para interactuar con el juego: el manillar tenía movimiento hacia atrás, consiguiendo así que la moto realizara los saltos que nos permitían avanzar. Una idea más que no dejaba de sorprender a la gente. Eso sí, la de manillares que se cambiaron en su día; hubo gente que creía que cuanto más fuerte tiraran hacia sí, más alto saltaba la moto, acabando por romper la máquina. De las menos recordadas. En Arcade Vintage tenemos la versión standard de la máquina.



 

 

Out Run (1986)

Para muchos, el título más mítico y más importante de la compañía. Hubo un antes y un después de Out Run. Este juego, EL juego, es la representación en forma de videojuego del sueño de muchos adolescentes (y no adolescentes): un coche veloz e icónico, muy buena compañía, variedad de carreteras, melodías pegadizas y libertad. La sabia conjunción de estos potentes ingredientes, unidos a un mueble único e inolvidable, dieron como resultado uno de los mayores bombazos en el mundo de los videojuegos, totalmente disfrutable aún a día de hoy. Aún resuenan en el horizonte los ecos de su gloria. Pura adicción en las venas que podrás revivir en la Asociación en el irrepetible mueble Deluxe.



 

 

After Burner II (1987)

Coincidiendo con el boom de Top Gun (ya sabéis, tipos chulitos a los mandos de espectaculares F-14), nos llegó esta brutal recreativa que dejó fascinados a cuántos la vieron. Su impresionante mueble con movimiento, unido a la vertiginosa acción que se reflejaba en pantalla, eran una explosión de adrenalina sin igual. Mítico es el momento en que todos vimos a John Connor a los mandos de la recreativa en la no menos mítica Terminator II. Si el mueble ya se promocionaba él solito de por sí, sólo hacía falta verlo en acción en una de las películas más taquilleras de la historia para catapultarlo definitivamente al olimpo. Disponemos de la versión standard de la máquina.



 



 

Thunder Blade (1987)

La protagonista de mi vivencia personal. Aunque el resultado final no fue el esperado, dejaba a las claras las líneas maestras de Sega para atraer al público joven ochentero: acción, velocidad y disparos. La técnica del Super Scaler dotaba al juego de grandes dosis de espectacularidad y el mueble dedicado, que simulaba una cabina de helicóptero, hacía de mayúsculo reclamo. Cierto es que el juego no alcanzó las cotas de calidad de otros títulos anteriores, pero su puesta en escena sí resultaba tan espectacular como las otras. Lamentablemente “sólo” disponemos de la versión standard.



 

 

Galaxy Force II (1988)

Sinceramente este mueble no lo vi nunca y no sé si hubo alguno en nuestras inmediaciones, y lo que sé sobre él lo sé gracias a San Internet. Gráficamente el juego, que sí lo he jugado gracias a la emulación, me parece de lo más espectacular, haciendo un uso del escalado de sprites sublime e impresionante. Si a eso le sumamos el monstruo de mueble dedicado que ideó Sega para este juego en concreto, tenemos como resultado una de las experiencias arcade más brutales a las que se podía acceder en su momento. Menudo flipe.



 

 

Power Drift (1988)

Abrochaos los cinturones, porque los loopings y carreras más alocadas se dan la mano en esta increíble creación de Sega. Enormes sprites, fluidez extrema y espectacularidad al máximo. Una joya arcade cuyo mueble dedicado no hacía sino incrementar esa sensación de locura que impregna a todo el juego. Se intentó portar a algunos de los sistemas domésticos de la época, pero se vio a las claras que este juego requería una buena dosis de potencia. Brutal. Si quieres experimentarlo en su versión Deluxe, en Arcade Vintage tienes la oportunidad de subirte a esta desenfrenada combinación de juego y mueble.


 

 


Super Monaco GP (1989)

Sega siempre tuvo una especial relación con la velocidad. ¿Y qué disciplina guarda mayor relación con la velocidad? La F-1. Y aunque no era su primer juego basado en F-1, en Súper Mónaco GP la compañía nos regaló un gran juego de velocidad al nivel de sus creaciones. Con una ficticia pero muy conseguida recreación del circuito monegasco, grandes sprites y una gran sensación de velocidad, Súper Mónaco GP se prestaba como anillo al dedo para un mueble dedicado con movimiento, como así fue. Aunque por estos lares y más comúnmente, es conocido por su lograda conversión a Mega Drive (por cierto, gran juegazo), esta recreativa es otra genial creación de Sega, la cual se puede jugar en nuestra Asociación en su versión Standard.

 



 


 

G-Loc: Air Battle - R360 (1990)

Secuela directa de After Burner II, con G-Loc: Air Battle la compañía se desmelenó por completo. El súper mueble Deluxe que implementaron en este caso era prácticamente una atracción, pues te ponía literalmente boca abajo, pudiendo dar giros completos de trescientos sesenta grados. Todo un derroche en todos los aspectos, tanto de espectacularidad, como de logística, puesto que los medios necesarios para su puesta en funcionamiento requerían de un generoso espacio de montaje y de un operario dedicado exclusivamente a su funcionamiento, con la consiguiente subida de precio de la partida, algo que no hacía mucha gracia, obviamente. Estos inconvenientes, unidos a los mareos y sacudidas que daba la máquina, impidieron un éxito más rotundo. No obstante, no se puede negar de la espectacularidad de la puesta en escena. ¿Alguien recuerda el reportaje que hicieron en la Hobby Consolas sobre Sega en los J.J.O.O. del noventa y dos, celebrados en Barcelona y cómo hicieron referencia a que el entonces Príncipe Felipe jugó personalmente a la máquina? Desde luego Sega sabía cómo promocionarse.

 



Outrunners (1992)

Considerada como la verdadera secuela espiritual del afamado Out Run tras las muchas e inferiores iteraciones surgidas a raíz del mito, Sega nos entregó, seis años después, un juego digno de llevar el nombre Out Run. Las ideas que hicieron de aquel juego todo un éxito, fueron aquí llevadas a nuevos niveles que convirtieron la placa en otro éxito para la compañía: enormes y preciosos sprites, nuevos vehículos, nuevas etapas y un ritmo de carrera frenético y divertido hasta decir basta. La traza y la maestría de Sega con el escalado de sprites hicieron posible este juegazo. ¿No queréis saber que se siente sentado en la versión twin de dos jugadores y sentir la emoción del pique? En Arcade Vintage te esperamos.


 

 


Virtua Racing (1992)

Empezamos la era 3D, y nada mejor para hacerlo que con un juego, cómo no, de velocidad. Virtua Racing no fue el primer juego en 3D, pero sí fue el que mostró cómo debía ser un juego de velocidad en 3D. Sus gráficos poligonales y, por encima de todo, su endiablada fluidez y velocidad, causaron estragos en el ánimo de los jugadores, dejándonos a todos con la boca completamente abierta. En esta década, Sega empezó a hacer posible el juego competitivo entre jugadores en un mismo salón recreativo, gracias a la alineación de varias máquinas una al lado de otra y conectadas entre sí. La conversión que hicieron para Mega Drive, aparte de ser todo un bombazo, demostró que los cartuchos con chips de potenciación hubiesen sido más efectivos que tanto add-on como sacaron para su consola… pero eso es otra historia. Por cierto, en Arcade Vintage contamos con un par de unidades Deluxe de Virtua Racing. ¿Te lo vas a perder?


 

 


F-1 Super Lap (1993)

Este juego, que tuvo la mala suerte de salir en plena época de locura por las 3D, pasó más desapercibido de lo que debiera, y hago esta reseña a modo de reconocimiento. Su espectacularidad se ve refrendada por la tan usada (pero no por ello menos efectiva) técnica del Super Scaler, impecablemente implementada en este juego y de la que Sega ya había logrado ser más que una maestra en su funcionamiento. Unos gráficos que parecían querer salir de la pantalla, el sonido de los monoplazas, un pixel art totalmente espectacular, licencia de la F1, escuderías reales, y una jugabilidad y fluidez abrumadoras. Personalmente lo pude jugar allá por el año 1995-1996, y fue amor a primera vista. De hecho ha sido uno de los videojuegos arcade más espectaculares que he jugado en mi vida. Puro espectáculo.

 



 


 

Daytona USA (1994)

Daytonaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! La gallina de los huevos de oro personal de Sega. Con esta placa la compañía desató la gran locura en los salones recreativos. Con unos gráficos rompedores (contaban con menos polígonos que Virtua Racing, pero con muchísimas más texturas), una jugabilidad que viciaba desde el segundo 1 y una banda sonora cañera que venía como anillo al dedo a la temática Nascar, este arcade de velocidad es, junto a Out Run, uno de los títulos más exitosos de Sega. Mítico donde los haya, el furor que se desató con Daytona USA es comparable a pocas cosas vistas en los arcade. Esto, señoras y señores, es un PASOTE que vais a poder experimentar de primera mano en Arcade Vintage en su versión Deluxe. ¿A qué estás esperando? ¡Corre, insensato!

 





 

Sega Rally (1995)

Y seguimos para bingo. Otro pelotazo más de la compañía. Si los jugadores seguíamos flipando y jugando con Daytona USA o Manx TT (otro gran juego de Sega aparecido poco antes), Sega volvía a sacudir los salones con esta nueva creación: un arcade de rallys de perfecta ejecución y acabado brillante. Dos coches míticos como el Toyota Celica y el Lancia Delta, varios tipos de terreno y una jugabilidad envidiable hicieron de Sega Rally uno de los juegos más deseados de la época y otra punta de lanza para la compañía. Qué duda cabe del estado de gracia en que se encontraba Sega en los salones recreativos. 


 


 

Virtua Cop 2 (1995)

Bastante mejorado respecto a su primera versión, este arcade de disparos con pistola de luz era un vicio puro. Tres fases cargadas de enemigos a los que llenar de plomo, posibilidad de dañar a civiles (con la consiguiente pérdida de una vida), posibilidad de equiparse con diferentes armas que se podían perder con gran facilidad si no éramos hábiles, todo envuelto por un frenesí de disparos a diestro y siniestro que hacían de la experiencia de jugar a Virtua Cop 2 totalmente inolvidable. Disponemos de la versión standard en Arcade Vintage, ¿te apuntas?


 


The Lost World: Jurassic Park (1997)

Introducirse en el mueble que Sega hizo para este videojuego, empuñar el arma y empezar el tour virtual que nos habían preparado, era una verdadera pasada. No sólo gráficamente era espectacular, lo que más resaltaba de este videojuego (y que llegaba a poner los pelos de punta), eran los sonidos y los rugidos de los dinosaurios, totalmente idénticos a las películas de Spielberg. Y vaya por dios cómo sonaba aquello. Una verdadera pieza digna de jugar y… disfrutar. De hecho, Sega le regaló una unidad de este mueble al propio Spielberg. No hubiera estado de más que nos regalara una a la Asociación, por lo que tenemos que conformarnos con la versión standard de la máquina.


 

 


The House of the Dead (1997) y The House of the Dead 2 (1998)

Otra gran creación de Sega que caló hondo entre los jugadores. Esta saga de disparos con pistola de luz, ambientada en un mundo de zombies y malos bichos vivientes, encajaba de miedo con la mecánica del juego: dispara a todo cuanto te ataque, si no quieres morir mordido por un muerto viviente. El primer juego ya fue todo un éxito, refrendado y aupado aún más gracias a su segunda versión, más pulida gráficamente gracias al uso de la placa Naomi. Poder jugar en casa con la Dreamcast al The House of the Dead 2 proporcionaba una satisfacción inigualable. No obstante, puedes venir a Arcade Vintage a disfrutar con las máquinas standard de ambos juegos.

 



Star Wars Trilogy Arcade (1998)

Pocos juegos más espectaculares que este habremos visto en unos recreativos. Toda una pasada de videojuego, una verdadera experiencia en la que nos montamos en las naves rebeldes para acabar con la amenaza del Imperio en trepidantes e icónicas fases de la trilogía original de Star Wars: la destrucción de la primera Estrella de la Muerte sobre Yavin, el ataque del Imperio sobre los terrenos helados de Hoth, la batalla sobre las motos en los bosques de Endor, el duelo contra Darth Vader y la destrucción de la segunda Estrella de la Muerte. Un shooter on rails de libro que, con unos gráficos que quitaban el hipo, sonidos que te sumergían directamente en el universo de la saga y una acción que no decaía, hicieron de este arcade sobre la Model 3 de Sega uno de los videojuegos más espectaculares de cuantos hizo. Y para hacerte los dientes largos, en Arcade Vintage contamos con una de las unidades Deluxe de este icono. Lo que no se es cómo puedes aguantar aún sentado leyendo esto…


 


Crazy Taxi (1999)

¿Un videojuego en el que conducimos un taxi para llevar peatones a diversos destinos dentro de una gran ciudad? Dicho así, no suena muy divertido, ¿verdad? Pero es que Sega (cuánto echamos de menos a aquella Sega), convertía casi cualquier cosa en un juego adictivo y con altas dosis de diversión. ¿A qué otra compañía que no fuera Sega se le podría ocurrir Crazy Taxi? De la cotidiana versión del taxista tranquilo que lleva a buen destino a sus confiados ocupantes, Sega dio paso a una alocada carrera contra el tiempo en donde la conducción temeraria, los saltos, los derrapes y el descontrol total se convertían en los ejes primordiales del juego. Si a todo ello le sumamos una cañera banda sonora compuesta por el mismísimo Offspring, obtenemos como resultado uno de los arcades más locos y más endiabladamente viciantes de cuántos hayan existido.  Obra maestra que puedes disfrutar en su versión Standard en Arcade Vintage.

 




Out Run 2 (2003)

Y ya para terminar y como broche de oro a este extenso repaso (aun así, muchas han quedado sin nombrar, como Rad Mobile, de la cual también contamos con su mueble Deluxe), un verdadero pepinazo que se convirtió por méritos propios como uno de los más brillantes títulos de Sega. Diecisiete fueron los años que tuvimos que esperar para que saliera el verdadero sucesor del mítico Out Run, aunque visto lo visto, mereció la pena. Este juego sí fue más Out Run que nunca, pero elevado a la enésima potencia. Gráficos, contenido y diversión se multiplicaban de manera sorprendente en este arcade de conducción que asombró a propios y extraños allá por el 2003. Una buena cantidad de ferraris, variadas y pintorescas carreteras extraordinariamente representadas con todo lujo de detalles y una remozada banda sonora, totalmente espectacular, daban forma y ser a este impresionante juego de velocidad digno de los más altos altares del entretenimiento, sin olvidarnos de nuestra inseparable compañera de viaje. Su versión para la primera Xbox de Microsoft, era ya suficiente motivo para la compra de la consola, pues el título, prácticamente el mismo que el visto en las recreativas, era todo un espectáculo lúdico y visual que brillaba con luz propia. Sin duda, pero sin duda, la joya de la corona de Sega, la cual puedes disfrutar en el Museo Arcade Vintage con todo lujo de detalles, pues contamos con dos unidades Deluxe de esta bestia parda de los recreativos. ¿A dónde me llevas hoy?

 




 

Como comentario final, se hace doloroso de ver, con la calidad y cantidad de éxitos que tuvo Sega en los salones recreativos incluso en pleno siglo XXI, la pesada losa que supuso su contrapartida en el mercado doméstico, el cual llevaba años en un pronunciado declive que anuló todos estos grandes logros que hemos visto y que supusieron una importantísima fuente de ingresos y reconocimientos, propiciando la caída de Sega como una de las compañías más punteras del ocio digital, viéndose obligada a dejar de competir de tú a tú por la hegemonía de los videojuegos. La época dorada de esta factoría japonesa en los salones recreativos la guardamos en la memoria como oro en paño y, desde Arcade Vintage, le rendimos merecidísimo homenaje de la única manera que sabemos: resucitando aquellas geniales creaciones de una época que nos hizo soñar con los ojos abiertos, dejándolas al alcance de todos vosotros, para que los más mayorcitos reviváis, y los más jovencitos descubráis, lo que era una genuina experiencia arcade.

 


En cuanto podamos, nos vemos todos en el Museo Arcade Vintage.

 


 

2 comentarios:

  1. Pufff que Santuario tenéis montado. Impresionante.
    Muchas de estas máquinas desconocía que tenía versiones deluxe (con cabinets más amplias).
    Sería una pasada una 2ª y 3ª entregas con las de Taito (míticas aquellas recreativas con 3 monitores tipo Ninja Warriors, Darius, etc) y otra para las máquinas de pinball que tenéis.

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  2. Brutal artículo. Recuerdo la Thunder Blade en los recre Dundilandia de Alicante. Cómo se meneaba!!

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